Sucedió en 1302. Felipe IV el Hermoso, de Francia, hijo de Felipe III el Atrevido y de su 1ª esposa Isabel de Aragón, padre de Felipe V el Bravo (¡que apodos ponen los franceses a sus reyes!) se había apoderado de ciertas comarcas flamencas y, dado su afán recaudatorio, exigido por el gobernador, Conde de Saint Pol, el descontento era general entre sus gentes.

Sain Pol, ante una posible rebelión popular, envió un mensaje secreto a su colega el gobernador orienta de Flandes, para que éste disolviera las milicias flamencas. El mensaje cayó en manos del síndico de Brujas, los flamencos se enteraron de la proyectada represión, estalló la sublevación y la batalla de Courtrai, perdida por los franceses puso fin al dominio galo sobre Flandes.

¿Quién dio el chivatazo? Pues, ¡asómbrense ustedes!, nada más y nada menos que el caballo del mensajero. Al atravesar la ciudad de Brujas, el caballo, perdió por falta de un clavo una herradura, tiró al suelo al jinete el mensajero, y éste hecho prisionero y hábilmente interrogado (a bofetadas) entregó el mensaje a sus captores.

Por eso dice el refrán: “Por un clavo se pierde una herradura; por una herradura, un caballo; por un caballo, un caballero, por un caballero, una batalla y por una batalla, un reino”.

Una herradura bien clavada en el casco de cada pata del animal garantiza seguridad, firmeza de paso y, en consecuencia, éxito den la andadura. Y, por extensión éxito y suerte en nuestra vida. Y como se dice al final de una oración: ¡Que así sea!.

José A. Fidalgo